( PDF ) Rev Osteoporos Metab Miner. 2009; 1 (1): 31-3

Hernández Betancor I, González Reimers E, Martín González MC, Elvira Cabrera OC
Servicio de Medicina Interna – Hospital Universitario de Canarias – San Cristóbal de la Laguna – Tenerife

 

Introducción
La gota es una enfermedad metabólica caracterizada por el depósito de cristales de urato monosódico en estructuras del interior de las articulaciones. Su prevalencia es de 8.4 casos por 1.000 individuos, y es más frecuente en varones de mediana edad y ancianos1.
Aunque la hiperuricemia es un factor predisponente necesario, su presencia no siempre conlleva el desarrollo de gota. De hecho, la mayoría de los pacientes hiperuricémicos nunca desarrollan gota2,3,4. Diferencias individuales en la formación de los cristales o en la respuesta inflamatoria o en ambas pueden jugar un papel en determinar si un paciente con hiperuricemia desarrollará gota. Desafortunadamente, aún no existe una explicación satisfactoria para algunos de los aspectos clínicos de la gota aguda, incluyendo5,6,7,8 la precipitación de ataques agudos por traumatismos o cirugía, la predilección por la primera articulación metatarso-falángica y la resolución espontánea de los ataques.
Las manifestaciones clínicas de la gota incluyen ataques recurrentes de artritis inflamatoria aguda, acumulación de cristales de urato monosódico en forma de depósitos tofáceos, nefrolitiasis por el ácido úrico y nefropatía crónica. Se describen tres estadíos clásicos en la historia natural de los depósitos progresivos de cristales de urato monosódico que incluyen la artritis gotosa aguda, un intervalo o gota intercrítica y la gota tofácea crónica.
La artritis gotosa aguda generalmente ocurre años después de un período de hiperuricemia asintomática. El ataque típico, que es marcadamente inflamatorio, consiste en dolor severo, enrojecimiento, hinchazón e impotencia funcional que son de máxima intensidad tras varias horas. Por lo general (80 %), en los ataques iniciales se afecta una única articulación, típicamente en las extremidades inferiores, con más frecuencia a nivel de la base del primer dedo (podagra), o la rodilla. Los signos inflamatorios asociados con frecuencia se extienden más allá de la articulación afectada y, a veces, pueden afectarse varias articulaciones y aparecer tenosinovitis, dactilitis, o incluso celulitis.
De manera global, se ha observado que un 12-43% de los pacientes con episodios de gota presentan valores normales o incluso disminuidos de ácido úrico en plasma9,10,11.

Las alteraciones radiológicas en la gota crónica pueden mostrar una disminución de la altura de la interlínea articular y la presencia de erosiones muy características en los márgenes articulares que se describen como lesiones líticas en sacabocados y que muestran un resalte en los bordes óseos (signo de Martel)12. Durante los primeros ataques de gota, y a menudo durante toda la vida, en la radiografía de la articulación afecta sólo se observa tumefacción de partes blandas.
Presentamos a continuación las características radiológicas que mostraba un paciente de 92 años de edad con antecedentes de hipertensión arterial de, al menos, 5 años de evolución, fumador hasta hace aproximadamente 20 años con un índice paquete-año (IPA) de 150, diabetes mellitus tipo 2 de 5 años de evolución en tratamiento con antidiabéticos orales, dislipemia en tratamiento con estatinas, insuficiencia renal crónica con cifras de creatinina habituales en torno a 1,2-1,4 mg/dL atribuida, en un principio, a nefroangioesclerosis y diabetes mellitus, insuficiencia cardíaca congestiva diagnosticada en el año 2005 e hiperplasia prostática benigna que acude a nuestro servicio por disnea progresiva de aproximadamente 8 días de evolución hasta hacerse prácticamente de reposo. Se identificó un derrame pleural con características de empiema que se trató con drenaje torácico y antibioterapia de amplio espectro.
El paciente refería un diagnóstico previo de artrosis, aquejando dolor difuso de múltiples articulaciones de varios años de evolución. Destacaba asimismo hinchazón en forma de salchicha (dactilitis) (Figura 1), especialmente del tercer dedo de la mano y tofos gotosos en los dedos de los pies. Al tercer día del ingreso el paciente presentó un cuadro de dolor en rodilla derecha, en el primer dedo del pie izquierdo y en ambas manos acompañado de tumefacción, coloración eritematosa de las zonas afectas y fiebre (pese a la antibioterapia de amplio espectro por su empiema). La analítica realizada en ese momento revela unos niveles de ácido úrico de 12.8 mg/dL junto a una franca elevación de reactantes de fase aguda (leucocitos: 15.000/mm3 con 88% de neutrófilos, plaquetas: 1.096.000/mm3; VSG: 105 mm/h, fibrinógeno: 842 mg/dL; albúmina: 2.5 g/dL; PCR: 330.8 mg/L). Se instauró tratamiento con colchicina (1 mg cada 4 horas) cediendo el cuadro en 24 horas mostrando el paciente una buena tolerancia al fármaco sin que aparecieran efectos secundarios.
En las placas radiografícas realizadas podía observarse una disminución de la interlínea articular, reabsorción de la tercera falange distal de ambas manos, aumento de partes blandas y lesiones líticas sugestivas de artropatía gotosa (Figuras 2.1 y 2.2).
En nuestro caso el ataque de gota aparece en el contexto de un procedimiento quirúrgico menor12, como es la colocación de un drenaje torácico, evolucionando de manera satisfactoria –como es característico– en 24 horas tras instaurarse tratamiento con colchicina.

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