COVID-19 y vitamina D. Documento de posición de la Sociedad Española de Investigación Ósea y del Metabolismo Mineral (SEIOMM)

La vitamina D ejerce su efecto fundamentalmente a través de su metabolito activo, el 1,25-dihidroxicolecalciferol, mediante su unión a un receptor cuya distribución por las diferentes células del organismo es muy amplia. Este receptor regula la expresión de genes implicados en diferentes funciones biológicas, incluyendo desarrollo de órganos, control del ciclo celular, metabolismo fosfocálcico, detoxificación, y control de la inmunidad innata y adaptativa [1,2]. La regulación del receptor de la vitamina D viene determinada por factores ambientales, genéticos y epigenéticos que interactúan entre sí.
La vitamina D incrementa la absorción intestinal y la reabsorción tubular de calcio, inhibiendo la síntesis de PTH. Ello conduce a disminución del recambio óseo, lo que contribuye al mantenimiento de su resistencia y la reducción del riesgo de fracturas. Además, ejerce un efecto intraóseo, facilitando la mineralización de la matriz, lo que previene el desarrollo de raquitismo en los niños y osteomalacia en los adultos. Se han publicado numerosos estudios que muestran una asociación entre niveles bajos de vitamina D y diversas enfermedades crónicas, como el cáncer, diabetes, enfermedades cardiovasculares, esclerosis múltiple y enfermedades infecciosas, entre otras [3]. Estas asociaciones pueden explicarse a través de diferentes mecanismos fisiopatológicos relacionados con el déficit de vitamina D.

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